Install Steam
sign in
|
language
简体中文 (Simplified Chinese)
繁體中文 (Traditional Chinese)
日本語 (Japanese)
한국어 (Korean)
ไทย (Thai)
Български (Bulgarian)
Čeština (Czech)
Dansk (Danish)
Deutsch (German)
Español - España (Spanish - Spain)
Español - Latinoamérica (Spanish - Latin America)
Ελληνικά (Greek)
Français (French)
Italiano (Italian)
Bahasa Indonesia (Indonesian)
Magyar (Hungarian)
Nederlands (Dutch)
Norsk (Norwegian)
Polski (Polish)
Português (Portuguese - Portugal)
Português - Brasil (Portuguese - Brazil)
Română (Romanian)
Русский (Russian)
Suomi (Finnish)
Svenska (Swedish)
Türkçe (Turkish)
Tiếng Việt (Vietnamese)
Українська (Ukrainian)
Report a translation problem

Habitar Mirage o Dust 2 es recorrer una memoria compartida. Conocemos sus ángulos mejor que nuestra casa, pero en la soledad de un servidor, el juego se vuelve un espejo. Nos enseña que la derrota no es el fin, sino una variable para crecer. Cada tiro fallado es humildad; cada victoria, un alivio pasajero.
Al final, cuando los píxeles se apagan, queda la templanza. Esa calma que cultivamos al quedar solos contra cinco, ese latido que nos recuerda que estamos presentes. El juego termina, pero la capacidad de resistir al caos y volver a empezar nos pertenece para siempre fuera de la pantalla. Es, en esencia, nuestra victoria más real.
un saludo.