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brotó, por mandato del Verbo profundo,
la estampa esmeralda del huerto encendido,
donde el bien era aroma y el mal, un latido.
Parieron las grietas savias de oro,
copas de sombra, de savia y decoro,
y cada ramaje, en su esplendor tierno,
dibujó la forma del gozo eterno.
¡Oh árboles! Hijos de arcilla y rocío,
manjares del alma, espejo del río.
Con fruto dulzón que al tacto se enciende,
y un pulso secreto que al hombre sorprende.
Mas no sólo aliento y bálsamo ofrece:
en medio del huerto, el alma padece.
Allí, en la encrucijada silente y divina,
dos árboles cantan la ruta y la ruina.
El uno, la Vida: sin tiempo, sin duelo.
El otro, el Conocimiento del cielo.
Raíces del juicio, ramas del anhelo,
sus hojas murmuran misterio y recelo.
El verbo los puso, no como condena,
sino como umbral, umbral sin cadena.
Pues sólo en la prueba se templa la llama,
y sólo en la duda florece la trama.