Install Steam
sign in
|
language
简体中文 (Simplified Chinese)
繁體中文 (Traditional Chinese)
日本語 (Japanese)
한국어 (Korean)
ไทย (Thai)
Български (Bulgarian)
Čeština (Czech)
Dansk (Danish)
Deutsch (German)
Español - España (Spanish - Spain)
Español - Latinoamérica (Spanish - Latin America)
Ελληνικά (Greek)
Français (French)
Italiano (Italian)
Bahasa Indonesia (Indonesian)
Magyar (Hungarian)
Nederlands (Dutch)
Norsk (Norwegian)
Polski (Polish)
Português (Portuguese - Portugal)
Português - Brasil (Portuguese - Brazil)
Română (Romanian)
Русский (Russian)
Suomi (Finnish)
Svenska (Swedish)
Türkçe (Turkish)
Tiếng Việt (Vietnamese)
Українська (Ukrainian)
Report a translation problem

Buenos Aires, Argentina


Empiezan siendo solo un pepino común, pero el tiempo, la sal y la paciencia los transforman en algo con carácter.
Ese crujido que se escucha al morderlos no es casualidad; es química, equilibrio y fermentación trabajando en silencio.
Están en hamburguesas, sándwiches, botanas y hasta en recetas secretas que pasan de generación en generación.
Hay quienes los aman y quienes no los soportan,
pero nadie puede negar que tienen personalidad. Un pepinillo no intenta agradar a todos: es ácido, intenso y directo, y justo por eso destaca. En muchas culturas, conservar alimentos en
vinagre fue una forma de sobrevivir, y sin darse cuenta, crearon uno de los sabores más reconocibles del mundo.
Los pepinillos despiertan el paladar, rompen la monotonía y le dan vida a lo que tocan. No son solo un acompañamiento; son un recordatorio de que el contraste también es parte del sabor de la vida.
🟨🟨🟨🟨⬛
🟨🟨🟨🟨🟨⬛
🟨🟨🟨🟨🟨🟨⬛⬛
🟨🟨⬛⬛⬛⬛⬜⬜⬛
🟨🟨⬛⬜⬜⬛⬜⬜⬜⬛
🟨⬛⬜⬜⬜⬜⬛⬜⬛⬜⬛
🟨⬛⬜⬜⬛⬜⬜⬛⬛Cuandoyolavi
🟨🟨⬛⬜⬜⬜⬜⬛🟨⬛
🟨🟨🟨⬛⬛⬛🟨🟨🟨⬛
🟨🟨🟨🟨🟨🟨🟨⬛⬛⬛
🟨🟨🟨🟨🟨⬛⬛⬛⬛⬛
🟨🟨🟨🟨⬛⬛⬛🟫🟫⬛
🟨🟨🟨⬛🟫🟫🟫🟫🟫⬛
🟨🟨⬛🟫🟫🟫🟫🟫🟫🟫⬛
🟨🟨⬛🟫⬛🟫🟫🟫🟫⬛
🟨⬛🟫⬛⬛⬛⬛⬛
🟨🟨⬛🟫🟫🟫⬛
🟨🟨🟨⬛🟫🟫